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Enero 2022
Ruta de autor 5/5
por Leonor Urdaneta

Crónica del confinamiento:
una cocina fuera de casa

 

Lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano.

George Orwell

 

El inicio
Me encontraba encerrada con mi hijo adolescente en el piso de alquiler de la calle Ribes, donde vivimos desde hace catorce años. Hacía mucho que no pasábamos tanto tiempo juntos. Él decidió sumergirse feliz en los videojuegos, mientras yo, incrédula e ingenua a la vez, pensé que aquella biodictadura no duraría más de tres meses.

Venía de un ritmo acelerado, con un gran volumen de trabajo. Cinco noches por semana preparaba la cena de treinta, cuarenta o cincuenta comensales en un albergue, además de alquilar habitaciones a turistas en mi casa desde hacía años para poder llegar a fin de mes. De repente, todo se había paralizado, ahora tenía tiempo de sobra, pero estaba ansiosa y bastante afectada económicamente, como la gran mayoría, supongo. Acumulaba una deuda con la propietaria de la finca, quien no aceptó bajarme ni un mísero euro de la renta durante el largo período del confinamiento.

¿Cuál casa?
Una mañana de abril de aquel terrible año, en medio de la cuarentena, salí de casa. Caminé casi dos kilómetros hasta una oficina del Ayuntamiento ubicada en la calle Ramelleres 17 para gestionar un trámite que necesitaba con urgencia. Pero, a pesar de que Google indicaba que estaba abierta, aquella oficina se encontraba cerrada. Durante todo el trayecto, aterradoramente desolador, lo que más me impresionó no fue el silencio, la quietud o la soledad que jamás había sentido en esas calles mil veces transitadas, sino la abrumadora cantidad de gente sin hogar que me topé en el camino.


Pensé con ironía en la frase «quédate en casa», tan promocionada durante aquellos días con la intención de ponerle freno a la enfermedad. Estaba muriendo muchísima gente, cierto, pero me pregunté en qué casa se quedarían los que no la tenían.

Una iniciativa
Volví a casa dándole vueltas a la cabeza, cuestionándome de qué manera podía hacer algo. Hablé con un par de amigos, con la suerte de que enseguida me apoyaron. Uno de ellos, médico, estaba viviendo de cerca la pesadilla y me ofreció el dinero para la primera compra de ingredientes; el otro trabajaba haciendo entrega de material quirúrgico y farmacéutico, así que contaba con permiso de circulación, lo cual nos permitiría desplazarnos por la ciudad sin problema ninguno.

Comencé así, con la ayuda de mi hijo, a preparar las primeras comidas para luego repartirlas con mi amigo por los alrededores del Paseo Picasso, el Borne, el Barrio Gótico, la Barceloneta y el Raval.

Empezamos haciendo cuarenta y cinco tápers que luego se convertirían en sesenta o setenta gracias al apoyo y la solidaridad de gente cercana o desconocida; personas que, desde diferentes puntos geográficos, se sumaron a la iniciativa de regalar un poco de amor en forma de alimento a quienes, al estar al margen del sistema, considero unos «olvidados», como tituló Luis Buñuel su película filmada en México en los años cincuenta.

Que la solidaridad nunca muera
Creamos una red solidaria entre amigos y voluntarios que iba variando según el día y la disponibilidad de cada quien. Nos dividimos el trabajo en equipos para hacer las compras o el reciclaje de ingredientes, cocinar, envasar y finalmente salir a repartir con un carrito de la compra, caminando.

Iniciábamos el recorrido en las inmediaciones de la Estación de Autobuses Barcelona Nord para luego ir hacia el Paseo Picasso y el Parque de la Cuidadela, retornar al Arco de Triunfo y adentrarnos en el Borne por la calle Sant Pere Més Baix hasta llegar al Mercado de Santa Caterina, atravesar la Via Laietana, continuar hacia el Barrio Gótico por la calle de la Boquería, cruzar la Rambla y entrar al Raval por la calle Elisabets, desembocando en el Macba y sus adyacencias.

«Los olvidados» se convirtió así en nuestra misión; una especie de catarsis que, durante cada fin de semana a lo largo de ese año, nos liberó de la inercia y la implacable mezquindad que azotaba el ambiente. Nos dio la oportunidad de agradecer lo poco o mucho que tenemos y de compartirlo.

Juampi Baioni haciendo entrega en el Paseo Picasso

 

Finalmente llegó la «nueva normalidad», la vida retomó su cauce. Algunos volvimos a nuestros trabajos, a las rutinas diarias esclavizantes, a correr como locos de un lado a otro sin mirar a los demás. Sin embargo, la gente de la calle sigue allí. Nosotros volvemos de vez en cuando, cuando el trabajo y nuestros quehaceres nos lo permiten. Volvemos a cocinar y a reencontrarnos.
Con María Marie Poppins Poppins en el Parque de la Ciutadella

 

*Nota de Ruta de autor:
Para la última ruta de esta serie de cinco, que hemos comisariado para Graf, hemos elegido un proyecto muy honesto y vinculado a los cuidados. Quien escribe este recorrido es Leonor «Beba» Urdaneta, periodista y cineasta. Cocinera por herencia y pasión, ejerce diferentes trabajos y ha creado una red solidaria que reparte comida a gente que vive en la calle. A partir de alimentos donados, es ella quien los sazona y cocina.

Ruta Graf con Ruta de autor. Texto de Leonor «Beba» Urdaneta, periodista y cineasta.

Esta ruta forma parte de una serie de cinco en las que participan otras cuatro artistas. Ruta de autor ha seleccionado cuatro trabajos que abordan las periferias de Barcelona: las infraestructuras de Internet (Mario Santamaría), el jardín colonial (Agustín Ortiz Herrera), la gentrificación artística (Zaida Trallero) y el presente sin casa (Leonor Urdaneta). Os invitamos a leer, caminar y seguir atentos.