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Antonio Gagliano. Buno

Los mitos de origen tienen por función contar el mundo. Los hechos históricos, en cambio, prácticamente desaparecerían de nuestra conciencia si no fuera por su inserción en tramas narrativas que los dotan de sentido. Johannes Buno se convirtió a finales del siglo XVII en uno de los últimos artífices del ars memoriae con la invención de un método genuino para recordar con facilidad. Éste se basaba en la construcción de imágenes mnemotécnicas que consistían en diagramas en los que una serie de hechos históricos se distribuían de forma estratégica para acabar dando lugar a figuras alegóricas. De este modo, Buno presentaba el siglo V como un dragón alado, en el que se ordenaban una serie de sucesos en las partes de su cuerpo, o daba al siglo VI la forma de un oso extraño.
Buno parte de la consideración de que Montjuïc puede ser también uno de estos animales monstruosos. La montaña se ha convertido a lo largo del siglo XX en una formación, no solo histórica, sino también historiográfica, que encuentra su punto de origen en las infraestructuras que se construyeron allí con motivo de la Exposición Internacional de 1929. En el sótano de la exposición que tuvo lugar entonces en el Palacio Nacional, un diorama de la cueva de Altamira proporcionaba al Estado español un pasado mítico. Curiosamente, este elemento también se ha convertido en la primera piedra del “centro de acumulación de inteligencia” en el que, en pala- bras de Antonio Gagliano, se ha transformado toda la montaña con el paso de los años.
Buno es un viaje por las redes de la historia, un viaje en el que los hechos recuperan la posibilidad de fluir a contrapelo de las narrativas. A su vez, los hechos son forzados a dar un giro para que sean estos mismos, ahora, los que iluminen las circunstancias en las que se producen los mitos que necesitamos para la comprensión de la historia.