GRAF te acerca la programación de la creación contemporánea en Cataluña. La agenda que suma todas las agendas.

Sucede todos los días (Jordi Mitjà)

Lugar: Fabra i Coats
Sant Adrià, 20
08030 Barcelona
Precio: Actividad gratuita
Exposición

Artista: Jordi Mitjà

Fechas: del 15 de febrero al 11 de octubre de 2020 (*reapertura el día 9 de junio, después del cierre temporal a causa del COVID-19)​
Inauguración: sábado 15 de febrero, a las 12h
Espacio: Planta baja y Planta 1

A cargo de Joana Hurtado Matheu

De todos los pesos que cargan las piedras, el de la metáfora es el más pesado. Fundacionales en la construcción y decoración de nuestra humanidad, las hemos cortado para cazar y sobrevivir; las hemos agrupado para hacer muros que separan y techos que unen; las hemos entronizado y coleccionado, dándoles formas y leyendas que las han hecho hablar.

Hemos erigido con ellas un mundo de alegorías: imagen del vagabundo, es el canto rodado de la canción; la losa de Sísifo que cargamos, eternamente incansables; o la que nos hace tropezar y caer, una y otra vez, siempre la misma, siempre distinta. Pero hay piedras anónimas y piedras con nombre. Hay piedras marginales, como tú, piedra pequeña, humilde protagonista de algún poema, que de repente das voz a grandes revoluciones: de la honda a los adoquines, es la victoria contra Goliat. También están las piedras preciosas y las escogidas, como la piedra de Rosetta, la Piedra Negra de la Kaaba y las tablas de los Diez Mandamientos –piedras que mueven masas… Y masas de piedra que no se sabe cómo han llegado hasta donde están: del menhir al obelisco, de los conjuntos megalíticos a las piedras telúricas, la apropiación de estas piedras nos ha servido para dar sentido a una fecha o a un hecho inexplicable.

El caso más paradigmático es el de las piedras fundamentales. La primera que se pone en la construcción de un edificio lo tiene todo: anonimato, singularidad y superstición; pasado y futuro en una sola piedra. Como augurio de fortaleza, este acto de enterrar para proyectar es una tradición que ha saltado de la esfera religiosa a la civil, sustituyendo así la consagración de obispos por la foto con políticos. Hemos ido de una piedra a otra, de una imagen a otra, siguiendo la pasadera de la parábola humanista, pero del símbolo al fetiche es la literalidad de la ilusión la que ha quedado sepultada.

Para cuestionar este peso de la metáfora con el que cargan las piedras, Jordi Mitjà las hace volar. Y lo hace ampliando la paradoja, dilatando la distancia entre contrarios para desplegar todos los matices y las tensiones del entremedio. Destapar las contradicciones supone dejar en suspenso cualquier significado, mostrar la precariedad maravillosa sobre la que baila nuestro imaginario. El artista interrumpe el mensaje para que nos fijemos en la materia y la forma, para introducir interrogantes sobre nuestra relación con el entorno, desde una simple piedra hasta el alud de imágenes que nos hablan, todos los días, desde todas partes.

Jordi Mitjà recupera y manipula técnicas, objetos, imágenes y sonidos de lo más diversos. Del hallazgo azaroso al manejo del hierro, del mundo del libro a la investigación matérica, de las historias locales a las costumbres en desuso, Mitjà trabaja relacionándose con la zona donde vive y creció, el Alt Empordà. Según cuenta, sus primeras creaciones las realizó a escondidas con los restos que encontró en el taller metalúrgico de su padre, pero este, creyendo que eran descartes, los tiró a la basura y desde entonces nunca más ha distinguido entre arte y desecho, entre lo que coge y lo que hace. Su obra nace, pues, de un proceso ambivalente entre territorio y descontextualización, invención y copia, acumulación y desecho, detonantes de su práctica y de una reflexión sobre el acto creativo que desdibuja los conceptos de autoría y anonimato, construcción y destrucción, reliquia y residuo.

La confrontación entre el oficio familiar y la práctica artística recorre su trayectoria sin descanso. Lo excluido o marginal es reivindicado como propio y genuino, allí donde se mezcla sin jerarquías la cultura popular con todas las declinaciones del arte que van del artesano al amateur, del outsider al falsificador o al pirata. Invirtiendo el síndrome del impostor, Mitjà revalora figuras como el famoso estafador Elmyr de Hory o Uri Geller, aquel personaje que torcía cucharas con el poder de la mente y de quien ha tomado el título de la exposición. Sucede todos los días es el inicio de Mi fantástica vida, primer capítulo de una autobiografía donde Geller explica lo habitual que puede ser lo más increíble. Entre el fraude televisivo y el obrador familiar, aparece la extraordinaria especulación de la ejecución cotidiana. La apropiación y la colección heterogénea más sorprendentes se encuentran entonces con el esfuerzo y el desgaste del día a día. Una dualidad que no se resuelve pero se integra, un diálogo no excluyente entre utilidad y artificio, trabajo y placer; y hoy, finalmente, un reconocimiento a la figura del padre, que, desde la jubilación, ha empezado a pintar.

Preguntarse por el origen y el fin –la originalidad y la funcionalidad– de su profesión lo lleva a buscar los límites de los elementos con los que trabaja. Con la misma perseverancia que tuerce y reduce lo más sólido, también hace grande y virtuoso lo más ínfimo, ya sea olvidado o efímero. Así es como Mitjà explora la dislexia de las cosas. Pone en crisis la representación de las imágenes y juega con el aspecto y el uso de los materiales, para contradecir las apariencias y experimentar con su resistencia, física y temporal, pero también simbólica, descubriendo, con humor o por la fuerza, nuestras convenciones.

Atraído por el proceso, el ensayo y el accidente, su forma de hacer se mueve entre la intuición anárquica y una insistencia obsesiva que coge de aquí y de allá para después dejarlo, retomarlo y volver a empezar. Por eso con demasiada frecuencia no enseña lo que hace. Por eso esta exposición es una aproximación al artista con la compartida intención de examinar a fondo su trayectoria y dar visibilidad a un conjunto de obra que, hasta ahora, se ha mostrado solo de forma parcial y fragmentada por el territorio catalán.

Para esta ocasión, Mitjà ha revisado su carrera desde una mirada actualizada, es decir, realizando una selección de obra anterior a partir de la cual ha creado obra nueva. Un proyecto específico no exactamente inédito, sino una versión de versiones que se espejan en el tiempo y el espacio, enfrentando las dos plantas de la Fabra i Coats como en un reflejo, pero sumando al efecto especular un efecto mariposa. De acuerdo con su trabajo, esta revisión no podía ser un simple repaso hacia atrás, nada evocativo ni exhaustivo. Aquí las fronteras entre pasado y presente se difuminan en una lectura no retrospectiva que queda sin cerrar.

En este darle la vuelta a todo, el principio de la exposición está al final del edificio. La obra que motivó la invitación, Dispersió de la primera pedra, es un inflable con forma de piedra que Jordi Mitjà realizó para la exposición Canòdrom 00:00:00, una colectiva que resituaba el nuevo centro de arte de Barcelona. Ubicado hasta el 2008 en el antiguo convento de Santa Mònica, su traslado fue, sin embargo, desafortunado, y aquella inauguración, en abril de 2010, sin las obras de rehabilitación acabadas, con un debate abierto sobre el edificio y la gestión del presupuesto, fue la primera y la última.

«La idea de la primera piedra elevada en el cielo como inicio de una nueva singladura», aseguraba la portada del catálogo. «La primera piedra por el aire» escribía en cambio Mitjà, casi premonitoriamente, sobre este globo gigante de aspecto pétreo que se veía desde la Meridiana. Elevándola, en vez de enterrándola como dicta el protocolo, el artista ironizaba sobre la espectacularidad del gesto (significar una piedra cualquiera) y la solemnidad del momento (ampliando la ceremonia al espacio público y disipándola en el tiempo, como decía el subtítulo de la obra: Por una inauguración permanente del Canòdrom). Mitjà trastocaba así la trascendencia del acto inaugural y de toda la institución.

Premonitoriamente, decíamos, porque la idea de mantener vivo y permanente ese gesto fundacional saltó por los aires de verdad cuando se decidió reubicar el centro de arte. Hoy, que inauguramos una nueva etapa, esperamos que más estable, hemos querido llevar aquella Primera piedra del Canòdrom a la Fabra i Coats. Pero esta vez, para que no sea un gesto inocuo que pueda volar por los aires y arraigue de verdad, es necesario que lo hagamos juntas. Por eso hemos trabajado con los dos institutos del recinto, el Martí Pous y La Sagrera (uno con edificio nuevo y el otro con barracones), para que viniera, y de camino, en un acto de memoria y autocrítica, reflexionar sobre la constitución de los edificios, la falsa excepcionalidad de una piedra y la impostura de cualquier acto originario, que no inaugura nada que no pueda deshacerse y volverse a hacer.

Créditos foto: Jordi Mitjà.

Succeeix cada dia (Jordi Mitjà)