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Febrero 2020
por Carolina Campos

Derramar el ojo

Barcelona es una ciudad que te invita a caminar. Caminar por la ciudad es una práctica que he realizado desde que llegué aquí. Las calles anchas, casi siempre planas, me hacen caminar durante horas sin que perciba el peso de los desplazamientos. Los primeros ejercicios para acercarse a un lugar suelen pasar en su capa más superficial. Una ciudad está llena de puntos de luz. Esos puntos reconocibles que nos ubican en el mapa. Una lista de museos, galerías, grandes nombres, grandes instituciones, grandes festivales, grandes eventos. Pero si tenemos tiempo, la ciudad comienza a abrir brechas en esa primera capa donde todo parece estable y sigue un flujo reconocible. Georges Perec en su libro Especies de Espacios dice que es necesario ir más despacio, casi torpemente, para mirar lo común, lo obvio. Es a partir de este gesto periférico y casi borrado, en la parte de atrás de las cosas, que quiero trazar un recorrido.

Hacer una torsión en el espacio para ver su revés es también revolver el tiempo. Tal vez yo empieze mi ruta hoy y la termine anteayer. Me quedo aquí pensando en lo que sería una ruta hacia atrás, por su espalda.

A veces, los objetos artísticos son la traducción de esta idea de que en cada punto de luz que vemos hay una maraña de tiempos y acontecimientos operando y que en realidad es este plan de la invisibilidad de las cosas lo que nos mueve. Es como si los restos de lo que vemos fuera lo que realmente está sucediendo. La idea del ocularcentrismo y los regímenes de lo visible y lo invisible terminan separándonos lentamente de nuestros cuerpos. Esta desafección gradual nos hace dejar de ver lo obvio que se esconde bajo la piel de la ciudad, de las personas, de las cosas, de los eventos.

El domingo pasado vi una pieza del Festival Sâlmon, Under Construction de Xavi Manubens en Fabra i Coats – Fàbrica de creació, en verdad lo que vi fué una pieza al revés. Xavi comienza la escena describiendo las acciones que acaban de suceder en el espacio. Un enchufe que se quemó hace 5 minutos, una cortina que se movió hace media hora. Cosas que no vemos pero que son parte del presente. Mueve el espacio de tal manera que nos hace imaginar lo que necesita existir para que podamos ver lo que vemos. Aparecen nuevas imágenes que revelan la construcción de las cosas. Todo lo que está afuera, detrás, es visible desde la relación entre el espacio y sus multidimensiones y el cuerpo del artista. Trae un exterior adentro, un antes para el ahora. En este juego de ir y venir entre lo que sucedió y lo que está sucediendo, construye un nuevo cuerpo imposible. Es la fabricación de lo que ya está allí, el uso y la reutilización, el desbordamiento.

Dejo Fabra i Coats y voy al metro, hacia la estación Entença. Son 30 minutos en la L5 pero tardo 24 horas. Entre una estación y otra, estoy en el ensayo de la obra que vamos a estrenar en Sâlmon. Aquí todo es puro reverso. Sigo pensando en la gran cantidad de eventos que se descartan para que una pieza pueda existir. Me imagino una gran nave con todos los gestos que se hicieron, pero que nunca se usaron, para crear todas las obras de un festival. Este sería un lugar de pura potencia. Una nave de eventos que no salieron a la luz. Todo allí, revolviéndose en los escombros de los procesos de creación. Me imagino gestos torpes, mal hechos, gestos preciosos que no caben en ningún dispositivo, gestos invisibles que fueron necesarios para que otros ganasen vida, lo negativo de los gestos. Una comunidad de formas de hacer. En un rincón de la nave todas las relaciones que no llegaron a ser confirmadas, tendencias y posibles direcciones que no tomaron cuerpo. Un aglomerado de posibles que no se han activado, montones y montones de restos de acontecimientos, para que podamos ver lo que vemos.

Llego a Entença, 20 personas se organizan en rutas y disparan en diferentes direcciones. Unas horas más tarde regresan con kilos de comida desechada. Son casi las 11 de la noche. Se coloca una mesa de unos 6 metros de largo en la plaza donde se encuentra el Casal de joves Queix. Llegan fresas, coles, plátanos, leche, carne, pan, mucho pan, zumo de botella, una mesa llena de yogures, todo tipo de comida imaginable. El resto, la basura. Estas rutas de reciclaje llevan más de 6 años y su actividad se centra en criticar la sobreproducción de alimentos por parte del capitalismo de consumo y la sociedad de residuos. Una de las organizadoras de esta acción es la artista audiovisual y activista Héctor Acuña / Frau Diamanda.

Recolectar alimentos desechados es el uso y la reutilización de lo que está en la puerta trasera del evento visible. Consumir los restos del capitalismo es una cuestión ética. Es posible que tengamos que percibir la basura como un lugar donde habitar. La basura de los supermercados, la basura de las obras, la basura de los acontecimientos. La basura es el lugar periférico que hemos aprendido a olvidar. Las imágenes disidentes no dejan de funcionar bajo la capa de lo que vemos limpio, organizado, listo para ser consumido.

Dejo la cocina de mi casa, donde organicé los tomates que traje de la basura, y voy directamente a la cocina del Mercat de les Flors. No es la cocina real y eso aún está por suceder. Fui invitada por Javier Cruz y Fernando Gandasegui para participar en Bar Yola, un programa, dentro del Festival Sâlmon, para formadoras interesadas en los procesos de las artes vivas. Javier y Fernando llaman la cocina a ese lugar en los fondos de las creaciones, la máquina sensible que está en marcha para que podamos ver objetos compartibles. La cocina de un bar que está frente a un teatro. Es el afuera del afuera. Lo que está detrás de las cosas y que en realidad son las cosas en sí mismas.

Tal vez yo esté un poco obsesionada con todo lo que sucede antes de que algo suceda o con lo que hacemos mientras pensamos en qué hacer. No lo sé, pero lo que parece es que necesitamos desbordar nuestro ojo hacia el resto del cuerpo, imaginar formas de desplazar una imagen del mundo posicionada en nuestra frontalidad directa, este mundo que creamos a imagen y semejanza del capital, para encontrar los corredores que nos llevan al “backstage”, donde las brechas de la ciudad, de los cuerpos, de los eventos, todavía están en carne viva. Es posible que haya una nave mítica allí, un depósito de imágenes y gestos periféricos no actualizados con una mesa infinita de alimentos cosechados en las haciendas de policultivo de la basura. Una gran fiesta de imágenes olvidadas y abandonadas donde se planean pequeñas conspiraciones transitorias y nuevas rutas de fuga.

Texto de Carolina Campos, como residente de La Visiva, para GRAF. Carolina es bailarina, coreógrafa e investigadora.